Y una mano que me arrastra
a mi otra orilla
a mi otra orilla
Alejandra Pizarnik
Pude pensar muchas veces porque estoy acá dentro y no afuera, donde todo parece ir a una velocidad estrepitosa. Estiro mis brazos, de forma tan apacible, mientras me encuentro sumida en este lugar tan ampliamente reducido, en una sola pared envolvente. Es extraño pero percibo algo grande, como si quisiera aplastar mi mano al tiempo que quiere responder el saludo. Tanto tiempo acá adentro y me tuve que valer con lo que siento, porque mi vista se encuentra, momentáneamente, inhabilitada para su uso. No puedo separar mis párpados por más que lo intente. Siento como se abrazan el uno al otro para no dejarme ver.
Todo tiene un orden tan caótico, o al menos así parece cuando mi cabeza se encuentra del otro lado, hacia abajo. Descubro como esa inusitada ligereza se vuelca con normalidad, tanto movimiento me pone nerviosa. No me seduce asociarme a tal celeridad porque no sucede mi aletargado consentimiento. Maldigo el día en que aparecí, realmente no llego nunca a comprender por completo como es que terminé acotada entre tanto envoltorio de carne, con aguas que van en apaciguada prontitud. Todo se volvía tan apacible, sentí excesivas veces como apretujaban mi entorno. Fue tanta mi impaciencia que di patadas para poder salir y defender mi pequeña residencia. Pero no hubo respuesta más rotunda que la realidad: yo y la pared que se digna a cercarme.
Repentinamente, mi alrededor se encuentra atestado, abarrotado de una nueva sensación. Siento sobre mi cabeza cómo palpita el techo, o mejor dicho, el suelo. La impaciencia se desvanece ante la duda ¿Qué es lo que me aguarda en la otra orilla? ¿Realmente tengo que irme? ¿Qué pasaría si…?. Preguntas rebotan en todas direcciones y percibo movimientos que contornean mi cabeza. ¿Qué se hace en este momento?¿Gritar, llorar o reír?. Nada, simplemente nada. Entonces un pie avanza mientras el otro se queda retrocediendo en la caída. Supe en ese instante, que lo eternamente líquido que me rodeaba, se empezaba a drenar. Y así fue como nací, drenando también el tiempo justo cuando una mano femeninamente enguantada tiraba de mí para empezar a vivir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario