Un año que pasó y otro que empieza. No porque el 1 de enero no me sea significativo. Pero el cumplir años, se vuelve un traspaso de edad, no de banda. Con el mismo y tedioso rito. Siempre el mismo rito de las velas desvaneciéndose en su candencia sobre alguna dulce torta. Aunque hace un par de años que no me reúna de esa forma con gente “querida”, sólo apago las velas mentalmente.
¿Qué te puedo decir 18 que no te haya dicho? (hey, las puteadas no cuentan!) tal vez me alcance en describirte. Tu longitud marcada en 525600 minutos (sí, aburrida y calculadora en mano: combinación fatal) se volvió una pesadilla extenuante y a la vez, intenté disfrutar cada momento. También fue un tiempo de constante balance. Pros, contras, positivos, negativos, blancos, negros, ángeles o demonios. Todo medido, pesado y equilibrado para tomar un rumbo totalmente equivocado.
Y ahora estoy, a un año, devuelta envuelta en decisiones que tomar. Esperando que sean las más acertadas para mis deseos. Esperando que lo pasado no termine por alcanzarme y (perdonando mi delicadeza) me muerda el orto. Porque si creía encontrarme totalmente sumida en lo que termina siendo nada más que puros recuerdos. Todos ellos me estuvieron pisoteando pero se hizo tiempo de que yo pise más fuerte. Si al fin y al cabo ese es el objetivo ¿o no es así? Florecer en el camino que progresivamente vamos transitando. Las más veces, es angosto y lleno de vidrios punzantes que nos asustan porque no deseamos despilfarrar nuestra sangre en heridas sinuosas. No queremos sufrir por la esperanza de que un camino más cómodo y por ello más atractivo para transitar venga a nuestro conocimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario