Tu nombre que te esconde delante de todos y te lleva en su barca sustantiva hacia la otra orilla, donde también estás. Es donde también la noche de noches confunde la negrura del sol de soles. Y aunque sea Paris o Avellaneda, o cualquier orilla volviste a encontrarte con la que dejaste de ver moverse hace un segundo o dos. Silencio, a veces quedarte en el silencio más absoluto también te llevo a llenarlo para poder recuperarlo.
Los amores que efímeramente trataste de hacer durar, se despegaron del seno donde solían prometer en vano. Ardiste con el fuego pelado del invierno que se despidió, dejándote sumergida en los extremos frágiles de no se cuantos seconales; sabiendo que uno se hunde más bajo de donde está lo hondo.
Tú nunca supiste que tu arraigamiento a la síntesis, disfrazado con los colores de las tizas, suelen despertar la más intensa necesidad de esconder tu nombre en mis brazos.
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